¿Por qué dejamos de usar Just Eat?


En los últimos dos años Just Eat se había convertido en el aliado perfecto para los días de flojera y gula. No había mes en en el que no echáramos algunos vistazos a la web para ver todos los menús y acabar pidiendo lo mismo, en el mismo sitio de siempre.

Un campero con patatas los viernes para cenar era el premio a sobrevivir a toda una semana o una pizza los domingos el tributo a la perrera infinita.

Hacer esto de manera habitual, no hace falta que nos lo diga un nutricionista, no es bueno. Ni mucho menos barato. Pero comer a base de pedidos online, pagados a través de  Paypal, hace que sea tan sencillo que llega un punto en el que no eres consciente de la de veces al mes que pides ni del dinero que poco a poco se va descontando.

Pero llega un momento, a finales del año pasado, que el equipo de marketing de Just Eat tiene una idea. Una gran idea (o eso pensaron). Me enviaron, a mí e imagino que a todos sus clientes, un email donde hacían recuento de todos los pedidos del año, los tipos de cocina que más se repetían o el día de la semana donde la pereza se imponía (adivina, ¡los domingos!).

Los datos, pese a que rondaban nuestro subconsciente, nos dieron un sartenazo en la cara. 51 pedidos. Uno prácticamente todas las semanas. Haciendo un cálculo rápido, más de 600 €.
600 € en comida que, en la gran mayoría de los casos, no valen lo que cuesta.

Desde entonces y casi de manera radical, no usamos Just Eat. Y
notarán el cambio en el patrón de uso. Antes nunca recibía cupones descuento, ahora casi todas las semanas encuentro en mi bandeja de entrada códigos por el 15 o 20 %.

Ahora, si queremos pizza un domingo para almorzar nos la preparamos desde cero. Son 20 minutos de trabajo, que bien merece el resultado.


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